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domingo, 8 de febrero de 2009

El descendimiento de Van der Weyden (Museo del Prado)


Roger Van der Weyden, 1435, Óleo sobre tabla, 220 x 162 cm
Museo del Prado


Este Descendimiento de Cristo de la cruz es una magnífica obra de Roger Van der Weyden. Podemos observar que todas las figuras se distribuyen en un primer plano, procurando que ninguna oculte a las demás. El fondo dorado impide que la mirada del espectador profundice en otra cosa que no sea la escena.

Las figuras, diez en total, son Cristo muerto, María, San Juan y los santos varones y mujeres, incluida la Magdalena.

Es una característica propia del arte flamenco el resaltar la calidad de las materias que aparecen. Todo el fondo está recubierto por riquísimas láminas de pan de oro, y abundan los azules y los verdes, de piedras semipreciosas.

La obra fue encargada para la capilla de los Ballesteros de Lovaina (en los extremos superiores aparecen unas pequeñas ballestas que identifican a los donantes). Felipe II trató de comprarla sin éxito; por ello, encargó una copia para colgar en El Escorial.

Años más tarde María de Hungría, consiguió adquirirlo para la colección real española, a la que llega en 1574. La tabla original del Descendimiento se encuentra en el Museo del Prado desde 1939.

viernes, 28 de noviembre de 2008

La otra cara de la Revolución Francesa

"Tenemos que convertir La Vendée en un cementerio nacional"


Estas palabras fueron pronunciadas por el general Turreau, uno de los principales responsables de la matanza de La Vendée. Aquella bestial represión de los católicos fue el primer gran genocidio por motivo religioso. Y quizá lo más lamentable fuera que esta masacre se llevara a cabo bajo la bandera de la tolerancia.

Rousseau creó el concepto de la suma de voluntades de los hombres como "santa", "inviolable" y "absoluta". Desencadenó la revolución en busca del Estado perfecto pero que acabó en el Estado totalitario vestido con las galas de la legalidad. La idea inicial del hombre autónomo acabó por desembocar en un Estado totalitario.

Junto a ello se abrió un proceso como jamás lo hubo: el proceso contra Dios. La Asamblea Nacional rechazó el catolicismo como religión nacional. Se decretó la expropiación de los bienes eclesiásticos. Los sacerdotes y religiosos hubieron de refugiarse y más de 40.000 –unos dos tercios del clero francés– fueron deportados o guillotinados.

El 8 de junio de 1793, mientras el populacho saqueaba los templos por todas partes en nombre de la diosa Razón, Robespierre proclamó la "Religión del Ser Supremo". Se abolió el calendario, los nombres de los santos, e incluso las campanas de los edificios religiosos.

El cuadro del horror alcanzaría su punto culminante con las bárbaras torturas y vejaciones a que se recurrieron para aplastar la reacción de los campesinos católicos de La Vendée. Fueron violadas las monjas; cuerpos vivos de muchachas soportaron el descuartizamiento; se formaron hileras con los niños para ahogarlos en estanques y pantanos; mujeres embarazadas se vieron pisoteadas en lagares hasta morir, y en aldeas enteras los vecinos perecieron por beber agua que había sido envenenada. Casi ciento veinte mil habitantes de La Vendée fueron asesinados y arrasadas decenas de miles de viviendas.

La cuestión de fondo de aquel enfrentamiento no estuvo en un conflicto entre estamentos, sino que consistió en la decidida intención de extirpar esas creencias sin reparar en medios.

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viernes, 10 de octubre de 2008

30 años en guerra (s.XVII)


Los antecedentes de la guerra de los Treinta Años son muy complejos. En el Imperio alemán continúan los enfrentamientos entre católicos y protestantes. Desde la paz de Augsburgo no se habían peleado, pero cada príncipe había impuesto su religión a sus súbditos. En 1608 se crea la Unión Evangélica Protestante, y en 1609 la Santa Liga Católica, dos ligas armadas y antagonistas.




En 1617, parecía claro que Matías, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y rey de Bohemia, iba a morir sin descendencia. Los miembros de la dinastía de los Habsburgo, a la que pertenecían también los reyes de España, se apresuraron a buscar un sucesor. El nuevo emperador, Fernando II, es un católico convencido que quería restaurar el poder del catolicismo.


Esta elección provocó el recelo de la nobleza de Bohemia, en su mayoría calvinista, que vio peligrar sus privilegios políticos y religiosos, e iniciaron una serie de revueltas en contra del emperador que culminaron con la guerra de los Treinta Años.

Cuando Fernando II envió a dos dignatarios católicos a Praga para preparar su llegada, los calvinistas de Praga los secuestraron y los arrojaron por una ventana de palacio. Este hecho es conocido como la Segunda Defenestración de Praga.


La guerra comienza entonces, dentro del propio Imperio en 1618. Bohemia no reconoce como rey a Fernando II, con lo que eligen a Federico V (jefe de la Unión Evangélica Protestante) como elector del Palatinado. Felipe III, sobrino de Fernando II, colabora con éste y obtienen una rápida victoria cerca de Praga, en 1620. El emperador ocupa Bohemia, Moravia y el Palatinado.


En 1621 muere Felipe III y le sucede Felipe IV, que nombra como valido al Conde Duque de Olivares, que ve en esta guerra una oportunidad de aumentar la extensión del Imperio español y de financiar la guerra con Flandes.

En la segunda parte de la guerra, los príncipes protestantes alemanes consiguen que Dinamarca (que gobierna Cristian IV) entre en el conflicto y que Inglaterra y las Provincias Unidas financien la guerra. Fernando II se sirve de tropas mercenarias bohemias dirigidas por Wallenstein para derrotar a los protestantes e invadir Dinamarca. En 1629 se firma la paz y le son devueltas todas sus posesiones a la Iglesia Católica en los territorios protestantes.


En la tercera parte Suecia con Gustavo II Adolfo entra en el conflicto gracias a Richelieu, que la subvencionaba. La ofensiva sueca comienza siendo victoriosa, recuperan Dinamarca y el norte de Alemania, pero de nuevo Wallenstein primero y tropas españolas que acudían en ayuda del Imperio desde Milán después, lograron acabar con la amenaza sueca, que se retiró en 1635. Se firmó la paz de Praga.


Este tratado no satisfacía a los franceses, ya que los Habsburgo seguían siendo muy poderosos. Se desencadenó así la cuarta parte de la guerra. Francia, aunque país católico, entró en la guerra del bando protestante. España, en represalia destruye Champaña y Borgoña e incluso sitia París. Siguieron varias batallas sin vencedor claro. En 1643, los españoles pierden en Rocroi y al año siguiente los suecos ganaban a los imperiales cerca de Praga. Los franceses ganaron a los españoles en la batalla de Lens, y se firma la paz de Westfalia. Fernando III, nuevo emperador debe reconocer a los calvinistas y luteranos, España pierde sus posesiones italianas y las Provincias Unidas se independizan.


sábado, 4 de octubre de 2008

Lepanto (s.XVI)

En respuesta al avance musulmán en el Mediterráneo, en el norte de África y en el Cáucaso, los Estados aliados cristianos atacaron a la armada turca en el golfo de Lepanto, en Grecia, en 1571.

La armada aliada estaba formada por 70 galeras españolas (incluidas las de Nápoles, Sicilia, y Génova), 9 de Malta, 12 de los Estados Pontificos y 140 venecianas, formando la llamada Liga Santa. Los combatientes españoles sumaban 20.000, los del Papa 2.000 y los venecianos 8.000. La flota estaba confiada a Juan de Austria (España) y dirigida por jefes experimentados como Gian Andrea Doria (Estados Ponticios) y los catalanes Juan de Cardona y Luis de Requesens. Las naves venecianas estaban al mando de Sebastián Veniero.

El único hombre que vio clara la situación desde el primer momento fue el papa Pío V. Incluso Felipe II tardó mucho en convencerse de la necesidad de asestar un golpe definitivo a los turcos. La unión de escuadras cristianas que el Papa había convocado en respuesta a la toma de Chipre (1570) había resultado un fracaso del que los jefes se culpaban mutuamente. Fuerzas turcas se apoderaron de Dulcino, Budua y Antivari, e incluso llegaron a amenazar la plaza de Zara. La escuadra española estuvo ya preparada con la llegada de Andrea Doria, Don Álvaro de Bazán y Juan de Cardona. Más tarde, el obispo Odescalco llegó a Mesina, dio la bendición apostólica en nombre del Papa y concedió indulgencias de cruzada y jubileo extraordinario a toda la armada. Don Juan ordenó la salida de la flota y fondeó en Corfú, mientras una flotilla exploraba la zona.


Don Juan de Austria constituyó una batalla central de 60 galeras en las que iban Colonna y Veniero con sus naves capitanas, flanqueada por otras menores al mando de Andrea Doria, Álvaro de Bazán y el veneciano Agustín Barbarigo. A Cardona se le dio una flotilla exploradora en vanguardia. A bordo iban cuatro tercios españoles. La desconfianza hacia los venecianos era tal que don Juan repartió 4.000 de los mejores soldados españoles en las galeras de la Señoría e hizo que éstas navegasen entreveradas con las de España. En el Consejo se aprobó el plan de Bazán de presentar combate al día siguiente, frente al golfo de Lepanto.


Al día siguiente avistaron a la flota turca. Alí estaba al mando de 260 galeras. Cerca del mediodía la galera de Alí Bajá disparó el primer cañonazo. Durante dos horas se peleó con ardor por ambas partes, y en un tercera embestida los españoles lograron izar el pabellón cristiano en la galera turca, y al final la flota central turca fue aniquilada. Sólo 50 de las 300 naves turcas pudieron escapar.

En la galera Marquesa combatió Miguel de Cervantes con gran valor. Tenía entonces veinticuatro años y continuó combatiendo después de ser herido en el pecho y en el brazo izquierdo, que le quedaría inútil.


(Batalla de Lepanto)


Después de la victoria se celebró un Consejo y prevaleció el parecer de dar por terminada la campaña de aquel año. Pío V y el Dux de Venecia reconocieron que la victoria se debió principalmente a España y a Don Juan de Austria. Aunque Lepanto aparentemente fue una victoria total para los miembros de la Liga Santa, el carácter definitivo de la victoria cristiana ha sido discutido por muchos historiadores.

Batalla de Lepanto por Paolo Veronese

La victoria de Lepanto abría la puerta a las mayores esperanzas. Sin embargo, de momento, no trajo consigo ninguna clase de consecuencias. La flota aliada no persiguió al enemigo en derrrota, por sus propias pérdidas y el mal tiempo, a quien el imperio turco, desconcertado, debió tal vez su salvación. La batalla pone fin a un verdadero complejo de inferioridad por parte de la Cristiandad y una primacía no menos verdadera por parte de los turcos. La victoria cristiana cerró el paso a un porvenir que se anunciaba muy próximo y muy sombrío.